• Casa cúpula en Carbondale, Illinois. R. B. Fuller, 1960

    Si existe una imagen verdaderamente elocuente para describir a Richard Buckminster Fuller (1895-1983) esta es, sin duda, la que el pintor Boris Artzybasheff (1899-1965) realizó para la portada con la que la revista Time abrió el 10 de enero de 1964. En ella se puede ver como la cabeza de este inventor, ingeniero, poeta y arquitecto se encuentra facetada en cientos de triángulos, formando algo que no es sino una cúpula geodésica, como aquellas que le habían hecho famoso en todo el mundo. Frente a esta identificación que se da en la imagen de Artzybasheff entre Fuller y sus cúpulas, transformando al arquitecto en su propia obra, lo que se pretende realizar en este trabajo de investigación es el camino inverso, penetrar en esa cabeza o, mejor dicho, en esa cúpula que la alberga, a través del estudio de una de las cúpulas más personales que construyera RBF: la que fue su casa en Carbondale, en la que vivió durante toda la década de los años sesenta del pasado siglo, precisamente los mismo años de aquella fantástica portada de Time. El análisis detallado de esta obra nos permitirá acercarnos al centro gravitacional del pensamiento de RBF: la búsqueda de una mayor libertad para el hombre gracias a una arquitectura más sostenible y, por ello, más económica. Una búsqueda que le llevó a crear no sólo una casa, sino todo un mundo propio.

  • arquitectura contemporánea y ciudadanía

    Actualmente nos encontramos en medio de una polémica que no parece estar teniendo especial repercusión en los medios de comunicación de la provincia ni, por otro lado, preocupar –ni mucho ni poco- a la ciudadanía. Me refiero a la licencia que el ayuntamiento de Almazán ha concedido al obispado de Osma-Soria para el derribo del Complejo Parroquial de San Francisco, construido a mediados de los años 80 en dicha Villa según el proyecto del arquitecto Javier Bellosillo.

    Se trata de un conjunto arquitectónico que se encuentra junto a la estación de autobuses de Almazán y que aparece a ojos del espectador, a decir verdad, como un elemento extraño y singular en su entorno. Es, digo, ciertamente extraño y singular, en tanto en cuanto en él se percibe la intensidad creativa y la fuerza mágica que se echan tanto a faltar en casi todo cuanto le rodea.

    Me pregunto por ello cómo es posible que se haya podido llegar hasta el extremo de que se plantee el derribo de un conjunto que, por otra parte, se encuentra presente a través de numerosas publicaciones nacionales e internacionales en las bibliotecas de las Escuelas de Arquitectura de medio mundo. La historia es bien conocida y en ella confluyen dos factores decisivos: por un lado las evidentes deficiencias de su construcción que han hecho que afloren numerosos problemas de humedades especialmente importantes y, por otro lado, el nulo éxito social que el conjunto tuvo desde un principio, lo que propició su prácticamente inmediato abandono y, junto a esta falta de uso, la paralela dejación del deber de conservación y mantenimiento del edificio por parte del obispado, que ha terminado dando lugar a su progresiva degradación, hasta llegar al lamentable estado en el que actualmente se encuentra.

    Dicho esto me vuelvo a preguntar por qué la sociedad en su conjunto ha sido capaz de reconocer el importante valor histórico y cultural que, pongamos, tienen los restos mejor o peor conservados de las iglesias románicas de la provincia y es, sin embargo, totalmente refractaria a la consideración que como parte integrante de nuestro patrimonio artístico y cultural pueda tener una iglesia contemporánea que, como se ha venido diciendo, ha sido catalogada por la crítica especializada como uno de los edificios más significativos de los construidos en España en los años 80.

    Ante esta cuestión caben, asimismo, dos explicaciones complementarias:

    La primera es la constatación del enorme abismo abierto entre la sensibilidad de una parte muy significativa de nuestra sociedad frente a la de los arquitectos. Esto es así, pienso, debido a una prácticamente inexistente formación del conjunto de la ciudadanía en torno a un problema cultural de primer orden como es el de la configuración y habitabilidad de nuestro medio ambiente -la vivienda, los lugares de trabajo, de recreo o de culto, el pueblo o la ciudad- a partir de las herramientas, necesidades y sensibilidades de nuestra época.

    Al mismo tiempo los arquitectos, que tan ufanamente reivindican su pertenencia a una élite cultural –que es, por otra parte, lo que debieran ser- no hacen sino construir, en demasiadas ocasiones, sin ningún tipo de compromiso con la sociedad a la que debieran servir a través de sus obras, dando lugar habitualmente a la creación de edificios, barrios y ciudades de ínfima calidad formal, espacial o social y donde el disfrute estético de la ciudad puede ser algo ciertamente ajeno a la experiencia cotidiana.

    Este desentendimiento de los arquitectos con respecto de la sociedad a la que debieran servir se ve, a su vez, correspondido por un total desentendimiento de la sociedad respecto a las buenas o malas obras que los arquitectos puedan construir – excepto, claro está, algún que otro reclamo turístico construido por alguna fulgurante estrella del firmamento arquitectónico- pareciéndonos normal al conjunto de la ciudadanía el vivir en entornos tristes, sin ningún atractivo formal, espacial o social, deshumanizados, en definitiva, como si no tuviésemos no sólo el derecho sino el deber como ciudadanos de exigir y colaborar para que entre todos seamos capaces de crear ciudades dignas y bellas donde vivir.

    El Complejo Parroquial de San Francisco nos ofrece ahora un buen punto de partida para tratar de reconducir, al menos localmente, este grave desencuentro que entre arquitectura contemporánea y sociedad se ha venido produciendo desde hace ya demasiado tiempo. El primer paso que sería necesario acometer es la participación activa de los vecinos, del obispado -como actual dueño del Complejo Parroquial- y del Ayuntamiento de Almazán, así como de cuantas asociaciones se encuentren interesadas, en una serie de debates y reflexiones en torno al conjunto arquitectónico que cuenten con la colaboración de especialistas y que, en un primer estadio permitan a la ciudadanía la posibilidad de valorar desde una nueva óptica tan singular edificio. En un siguiente paso se podrán aportar entre todos ideas que lo doten de un nuevo contenido que permita cubrir alguna de las demandas sociales existentes. A partir de estas reflexiones se podrán realizar las bases de un concurso de arquitectura que concluya con la elaboración de un proyecto que de nueva vida al antiguo Complejo Parroquial.

    A su vez, los arquitectos tenemos la obligación de realizar un proyecto en el que, desde el principio, se cuente con la gente a la que se destina y no se limite a satisfacer determinados intereses de clase o particulares, sino las verdaderas necesidades de la sociedad a la que servimos, objetivo indispensable para conseguir el adecuado respaldo ciudadano a cualquier proyecto.

    Si el reconocimiento de considerar un edificio como Patrimonio lo acaba otorgando la sociedad en la que se enmarca, el Complejo Parroquial de San Francisco debe tener la oportunidad de salvarse para poderse ganar su valoración como Patrimonio por la sociedad adnamantina. Es este, creo, un esfuerzo que la sociedad debe hacer en su conjunto para entre todos construir un mundo mejor, empezando aquí y ahora, en Almazán.

    18 de febrero de 2010

    MIGUEL DE LÓZAR DE LA VIÑA 

    Publicado en Diario de Soria bajo el título Arquitectura contemporánea, 19 de febrero de 2010.
    Publicado en Heraldo de Soria bajo el título Arquitectura y ciudadanía, 20 de febrero de 2010.

  • el ábside de la mayor

    La iglesia de La Mayor es, como todos los sorianos sabemos, una de las iglesias más especiales de Soria. ¿Dónde reside su belleza, si apenas se la ve, si está en su mayor parte oculta detrás de unas casas viejas? En mi opinión su belleza radica precisamente ahí, en ese carácter doméstico con que se nos muestra la casa del Señor, que nos obliga a adivinar lo que puede haber detrás de esa fachada tan sencilla, tan austera, tan soriana, podríamos decir, y que comparte estos mismos rasgos con otro edificio fundamental en nuestro patrimonio arquitectónico como es la Audiencia, vecina suya. Juntas, la iglesia de la Mayor y la Audiencia, crean uno de los espacios más bellos que tiene Soria. Esto, a día de hoy, es así.

    Al Ayuntamiento de Soria le surgió, hace unos años, una gran oportunidad que, en principio, no quiso desaprovechar. Gracias a unos fondos europeos que financiaban el 80% de la intervención, se podía recuperar para la ciudad un edificio en estado de ruina y, dotándolo de un programa que se nos antoja, hoy más que nunca, necesario para Soria, hacer de él un lugar de encuentro en torno a la cultura.

    ¿Qué es lo que ha pasado para que, en tan breve periodo de tiempo, el Ayuntamiento haya dado marcha atrás, tirando probablemente por la borda una importante suma de dinero, y dejando a la ciudad sin un espacio necesario, como era la Casa de los Artistas?

    Lo que ha pasado es que lo obvio, el ábside de la Mayor, ha aparecido ante sus ojos. Obvio porque, evidentemente, el ábside estaba allí; obvio, porque ya se contemplaba su integración dentro del proyecto para la Casa de los Artistas, algo de lo que el Ayuntamiento, obviamente, ya tenía conocimiento.

    ¿Por qué derribar la Casa de los Artistas? ¿Por qué dejar exento el ábside de la Mayor?

    A mi juicio, el origen de este despropósito se encuentra en nuestro eterno sentimiento de inferioridad, reflejado en este caso, en el nulo valor que se le otorga a lo que nuestra historia nos ha legado. Seguimos prácticamente al mismo nivel cultural que las gentes de Casillas de Berlanga que vendieron los frescos de San Baudelio. Hoy ya sabemos que los ábsides de nuestras iglesias son importantes, que la gente viene a verlos y salen en la televisión, pero todavía somos incapaces de ver lo que tenemos delante de nuestros ojos y de apreciar la belleza que nuestros antepasados supieron crear y que nosotros deberíamos saber transmitir a nuestros hijos.

    El edificio que se tiene pensado derribar no es un edificio singular, no es ningún monumento a ningún dios ni a ningún hombre, y eso es lo que ha sellado su destino. Es simplemente una casa más de entre aquellas que se construyeron en el s. XIX en Soria, que no fueron tantas. Es un digno ejemplar de ese tipo de arquitectura que forma la columna vertebral arquitectónica de la calle más emblemática de Soria, el Collado. Y si la plaza Mayor es el remate del Collado, la que hubiese sido la Casa de los Artistas no es sino el remate de la plaza Mayor. Un remate que nos continúa hablando en el mismo lenguaje que lo hace el Collado, y que forma parte de la trama urbana de nuestro casco histórico, desarrollada lentamente a lo largo de los siglos.

    Esta casa se construyó, probablemente, en la década de 1860, al mismo tiempo que el Barón Haussmann y Napoleón III construían el París que admiramos hoy: entre 1853 y 1870 París se reinventó para ser tal y como ahora la conocemos, una de las ciudades más hermosas del mundo. Nuestra vieja casa de la plaza Mayor es de lo poco que nos queda en Soria de esa época. Evidentemente Soria no es París, pero es nuestra ciudad, y tenemos que ser capaces de apreciar lo que tenemos, de entender nuestra historia.

    ¿Y qué es lo que pasará una vez derribado este edificio? ¿Se convertirá el ábside de la iglesia de La Mayor en el tan deseado remate de la plaza? Lamentablemente no, el remate lo constituirá el edificio que ahora se encuentra, en la calle Mayor, en un prudente segundo plano. Un edificio sin ningún valor histórico ni arquitectónico que, gracias al derribo de la Casa de los Artistas, pasará a convertirse en la fachada de nuestra plaza Mayor, del mismo modo que ahora también forma parte de la plaza Mayor la medianera que queda descubierta en la calle Pósito, tras la ampliación del Ayuntamiento.

    Al mismo tiempo, al derribar la Casa de los Artistas perdemos la oportunidad de dotar a Soria de un centro cultural de primer orden, con la capacidad de integrar fácilmente tanto el ábside, como la necrópolis descubierta durante las excavaciones, potenciándolos dentro de los nuevos espacios del edificio. Hubiese sido así una magnífica casa para las artes, donde mirar lo que fuimos capaces de hacer en nuestro pasado y donde ver de lo que somos capaces de hacer con nuestro futuro.

    En muy poco tiempo la plaza Mayor, gracias a estas dos actuaciones tremendamente agresivas, la ampliación del Ayuntamiento y el derribo de la Casa de los Artistas, se verá radicalmente transformada. Un espacio urbano de primera magnitud, fruto de la lenta construcción a lo largo de los siglos, verá cómo, en apenas una legislatura, sufrirá la mayor transformación de su historia. Esto es algo que, con un consistorio que se dice conservador, no deja de ser una gran paradoja.

    En definitiva, así como las promotoras de turno construyen siempre la casa de nuestros sueños, así actúa el Ayuntamiento de Soria, construyendo la plaza Mayor de sus sueños: con su imponente ayuntamiento porticado y su gran iglesia. El poder civil y el eterno por fin juntos en todo su esplendor.

    No era suficiente con la plaza que teníamos, no se fuesen a pensar los de fuera que Soria no era más que un pueblo. Con decisiones como éstas ya está fuera de toda duda: seguimos siendo de pueblo.

    Miguel de Lózar de la Viña

  • en torno a la recalificación en hinojosa de la sierra

    Si es verdad que los hechos históricos se repiten siempre dos veces, la primera vez como tragedia y la segunda como farsa, nos encontramos ahora ante una nueva farsa de la reciente tragedia que ha vivido España en los últimos años y que ha terminado desembocando en la más grave crisis económica y social de la democracia.

    La recalificación en Hinojosa de la Sierra de un enclave especialmente protegido por sus valores paisajísticos y culturales para construir una nueva urbanización se justifica, por sus promotores, en base a un legítimo derecho para situar el pueblo en el camino del progreso, de la modernidad y, fundamentalmente, como generadora de riqueza, pero cabe preguntarse ¿es este el verdadero camino del progreso?

    Dejando de lado los incuestionables errores de procedimiento que intentan hacer pasar por una modificación puntual de las Normas Subsidiarias lo que no es sino una reforma encubierta de la globalidad de la ordenación general establecida por dichas normas -atacando de lleno al espíritu que se sitúa en su base generadora- y que deberían servir por sí mismos para que se detuviese inmediatamente el proceso administrativo seguido hasta la fecha –tal y como pide el Colegio de Arquitectos de Soria en las alegaciones que ha presentado a la dicha Modificación Puntual de las Normas- no queremos hacer hincapié aquí en los detalles de procedimiento, sino en el espíritu que debe animar a nuestros ciudadanos y a nuestros políticos para impulsar los planes de futuro de nuestros pueblos y ciudades.

    Porque no pude ser que nuestros políticos no tengan más recursos para nuestro futuro que la archiconocida receta de la recalificación urbanística que, como se ha demostrado, no es, por sí misma, generadora de riqueza para la comunidad, sino que, a lo sumo, puede servir para enriquecer a unos pocos.

    Porque no puede ser que para construir nuestro futuro tengamos siempre que destrozar lo más valioso que las generaciones pasadas nos supieron transmitir.

    Porque no hay ninguna necesidad de que un pueblo semiabandonado se abandone definitivamente para construir otro nuevo fuera de él.

    Porque si, como viene siendo normal desde hace siglos, Soria ha llegado, una vez más, tarde a lo que en el resto de España ya era moneda de uso corriente, si es cierto que en Soria nos hemos librado en mayor medida que en el resto de provincias del asalto especulativo que como un fantasma ha recorrido todo el país, debemos ser conscientes de ello y extraer las consecuencias que el estallido de la burbuja inmobiliaria nos ha dejado tan patentes para aprovecharlo en nuestro favor y, por una vez, adelantarnos al resto proponiendo soluciones que generen riqueza y futuro sin degradar el mayor activo que tenemos: nuestros pueblos y nuestro paisaje.

    Porque si no somos capaces de apreciar la belleza que tenemos delante de nuestros ojos ¿qué se puede esperar que seamos capaces de hacer?

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